El recuerdo de la fotografía

el recuerdo de la fotografía



¿Por qué hacer una fotografía? La mayoría de las argumentaciones coinciden en el mismo punto: se trata de una práctica documental. Esta consideración se refiere a la fotografía como un instrumento para comunicar acontecimientos. No hay duda de que cuando observamos una fotografía percibimos a primera vista una imagen que nos cuenta algo y que si se conserva, sirve para la posteridad. Sin embargo, la fotografía también conlleva  un sentido estético si se valora como una imagen artística y otro afectivo cuando suscita emociones a quien lo observa.

Concibiendo la fotografía desde el plano más sentimental, nos interesa  que sea un  testimonio de nuestro pasado. Nuestra identidad depende en gran parte de aquello que vamos almacenando en nuestra mente. En el transcurso de la vida nos gustaría retener todos aquellos momentos en los que fuimos felices.  Desgraciadamente, la capacidad de memoria del ser humano no es perfecta. Con el paso de los años cambian nuestras percepciones sobre las cosas,  ya no somos los mismos, ni física ni psicológicamente. Ante esto, la fotografía permanece inmutable, y nosotros en ella. Simplemente, muchos hacen fotografías para plasmar aquellos momentos de sus vidas que quieren que se queden grabados porque saben que no volverán. Son representaciones de la felicidad que consiguen que las personas visualicen instantes significativos para ellos como vivencias que compartieron con aquellos a los quieren y ya no están.

Stendhal señaló que con una mirada se puede decir todo. En ocasiones, las miradas de los protagonistas nos lo demuestran en sus retratos fotográficos. Nos acercan a sus emociones y a su vez generan las nuestras. Hace unos años encontré una fotografía de mis abuelos que fue captada el día de su boda y que había permanecido perdida durante décadas. La felicidad que transmitían sus rostros había sido captada en ese instante. Gracias a ello, pude ver el brillo de alegría que tenían sus ojos y  que iluminaba sus caras de una manera única.  Si no fuera por esa fotografía nunca hubiera podido conocer el aspecto y la expresión de ese momento tan especial en sus vidas.

Cada uno puede plasmar con sus fotografías todo lo que le importa y quiere conservar o mostrar. No obstante, considero que la satisfacción que nos puede proporcionar traspasa el campo de la estética llegando a adquirir un valor emocional incalculable que se convierte  en una fuente documental para el recuerdo.

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La apreciación del Arte

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Tener la capacidad de apreciar una obra artística es una cualidad notable que completa el conocimiento humano. Cuando una persona se sitúa frente a un cuadro no debe valorarlo únicamente con la impresión que le ofrecen los ojos. Es necesario realizar un viaje hacía el espíritu del artista: comprender sus sentimientos, sus pensamientos y por supuesto tener constancia de sus circunstancias vitales. Esta idea debió de pasar por la cabeza de Vasari, famoso escritor italiano que se convirtió en el biógrafo coetáneo de los artistas del Renacimiento.

En los libros sobre Historia del Arte, cada uno de los protagonistas que aparece ha conseguido adaptar e interpretar la realidad creando obras admirables. De esta forma, dando su propia expresión, la confrontación de estilos se ha convertido en un legado fundamental para la Humanidad.

En primer lugar, valorar justamente una obra de arte se convierte en una tarea muy complicada porque intervienen numerosos factores. La mayoría son considerados criterios subjetivos. No obstante, un criterio objetivo que desempeña un papel destacado en el juicio  es la coherencia de los elementos que constituyen la síntesis unitaria. Esta coherencia que revela el  lenguaje artístico está conformada por la línea que aparece dibujada en los perfiles, los tonos de luz y las sombras que crean los efectos del claroscuro, el color y el movimiento. El hecho de llegar a percibir  todos y cada uno de estos elementos, junto con los aspectos afectivos y sensitivos, facilita la apreciación de la obra.

Muchos autores se han preguntado sobre el valor eterno en el Arte. La persistente ambición de crear obras destinadas a perdurar en el tiempo está siempre en la mente del artista. A pesar de lo dicho, el valor principal que se desprende de lo anterior es que el arte debe estar siempre en estrecho contacto con los actos y los sentimientos humanos más profundos para que, de esta manera, trasciendan y se conviertan en valores universales.

Un mercado entre andenes

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Te trasladas en unos días a tu nuevo piso. Horas interminables de mudanza y aun así necesitas comprar una estantería para esos libros que llevan refugiados varios días en cajas o simplemente dar por fin con una bonita lámpara de cristal que convierta tu casa en el sitio acogedor que esperabas. Son esos importantes detalles que te faltan y no sabes a dónde acudir para encontrarlos. En Madrid hay un lugar perfecto que te propongo para que des con ellos y a la vez disfrutes de un viaje en el tiempo entre los vagones de la que fue la primera gran estación monumental madrileña.
El actual Museo del Ferrocarril, antiguamente Estación de Delicias y el Mercado de Motores, son las nominaciones asignadas para un espacio del pasado y del presente que se convierte durante el segundo fin de semana de cada mes en el emplazamiento idóneo para realizar las compras.
Y es que hay que tener en cuenta que la estación de ferrocarril no solo se componía de un edificio. Era un conjunto de instalaciones y servicios que hoy en día, entre los puestos de ropa vintage, muebles, discos, plantas e incluso comida, te permiten percibir cómo podía haber sido su funcionamiento en otros tiempos. También la agradable música generada por un piano y una trompeta ayudan a transportarte a finales del siglo XIX, imaginarte la circulación de los trenes, la carga y descarga de mercancías, la llegada y partida de los viajeros, e incluso el fuerte ruido de las locomotoras.

Paseo de las Delicias, 61.
28045 Madrid
Abierto al público de 11.00 a 23.00 los sábados y de 11.00 a 22.00 los domingos.

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La luz de Sorolla

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Quiero empezar este blog haciendo mención de un lugar de Madrid que me gusta especialmente por la sensación que me transmite cada vez que lo visito. Se trata del Museo Sorolla (c/General Martínez Campos, 37). La mayoría de los lectores pensará que es únicamente la compilación de las obras del artista expuestas en salas, como cualquier otro museo, pero esta vez en la casa que habitó el propio pintor. No obstante, el visitante encontrará mucho más. Este museo constituye un rincón aislado del tiempo y del espacio que preserva la obra y los recuerdos de un pintor que caló hondo en la Historia del Arte. Recorrer este museo y sus jardines supone un viaje íntimo a la vida y a la esencia de su obra. El hecho de que Joaquín Sorolla dedicara gran parte de su vida a reflejar la luz mediterránea que llevaba en las venas, junto con la voluntad obsesiva de retratar a su familia, me hacen valorar a este pintor no solo por su enorme calidad artística, sino también humana.

Durante milenios, los seres humanos hemos intentado hallar la receta de la felicidad, ante todo un concepto personal, y sin duda este artista la encontró en su hogar, al lado de su mujer y sus tres hijos, fundida e inseparable de su gran pasión por la pintura. No hay más que fijarse en el efecto penetrante de la mirada con la que les captó, para darse cuenta de todo lo que les llegó a querer. Hasta tal punto que algunos críticos le reprocharon la falta de complicidad y el clima de intimidad ausente en los retratos de aquellos que no fueran sus familiares. No sé cuánto de cierto tiene esta visión idílica que estoy ofreciendo. Sin embargo, quiero pensar que la constante apelación emotiva que Sorolla trasmite al espectador en sus obras, la sensibilidad y la paz que inspiran la vegetación y las fuentes de su jardín son el reflejo escondido del feliz transcurso vital del pintor.

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